viernes, 23 de junio de 2017

El fantasma del ascensor

Una vez más nos “tocaba” a María y a mí subir a por sillas.

El edificio de finales del siglo XIX de algo más de 140m. y de dos plantas, recientemente remodelado; siempre había sido ocupado un lugar emblemático en la vida social del pueblo.
Primero durante la II república sirvió como lugar de entretenimiento de las personas del lugar; posteriormente expropiado por el franquismo y usado como sede de la Falange; hoy en la democracia sigue siendo centro neurálgico del pueblo y un lugar lleno de vida, pues es usado como sede de diferentes asociaciones culturales del pueblo.

Así pues María y yo subimos como siempre entre risas y cháchara por el ascensor a llenarlo de mesas para organizar el próximo evento de nuestra asociación.
Una vez en el primer piso, acomodamos apenas dos mesas en el ascensor y procedimos a bajar juntas, dispuestas a repetir la operación varias veces más sin interrumpir la charla.
Sin embargo, esta vez la bajada sería muy diferente a las anteriores.
María pulso el botón de bajada como siempre, pero… el ascensor no bajo, yo procedí a pulsar de nuevo y… nada, de nuevo y ya con impaciencia María pulso la tecla de cerrar la puerta sin ningún resultado, yo miré por si, sin darme cuenta con el vestido estuviera interrumpido el sensor del ascensor, al comprobar que no era así, volvimos a reír sin saber muy bien qué hacer y ya cansada y con voz muy sería dije:
-¡Ya está bien! ¿Pero no ves que no dejas cerrar la puerta? Acércate a mí y bajemos de una vez.
Recién terminada la frase, la puerta se cerró sola, ante nuestra mirada atónita, del estupor, en breves segundos, pasamos a una risa interminable, zanjando aquí la historia; hasta que de nuevo tuvimos que subir a por más mesas.
Como en un bucle, la historia pareció repetirse de nuevo.
María pulso el botón de bajada como siempre, pero… el ascensor no bajo, yo procedí a pulsar de nuevo y… nada, de nuevo y ya con impaciencia María pulso la tecla de cerrar la puerta sin ningún resultado, sin embargo esta vez pulso muchas veces más, yo miré de nuevo por si sin darme cuenta con el vestido el sensor estuviera interrumpiendo al ascensor, comprobando de nuevo que no era así, volvimos a reír sin saber muy bien qué hacer; esta vez y con risa nerviosa María dijo:
-¿Qué hacemos, interactuamos de nuevo con el fantasma?
-¡Adelante! Respondí, pero pasándole la “pelota” a ella.
-¡Vamos, pasa, acércate!
De forma instantánea la puerta se cerró, dando paso a otra serie de risas.
María mirando hacia la nada, se atrevió a decir:
-Bueno, ya que no dejas de viajar con nosotras, tendrás que presentarte por lo menos.
De forma impetuosa el ascensor se detuvo en seco, las puertas se abrieron y cerraron  cual vendaval furioso, la alarma del ascensor comenzó a sonar y el acople del sonido que bajo estaban probando sonó cual fiera iracunda rugiendo furibunda ante una adversidad; dejándonos pasmadas, quietas y sobre todo, sin risa.
Todo ocurrió en unas milésimas de segundo, acto seguido el ascensor bajo y nos dejo en nuestro destino, con la boca abierta y aún sin saber cómo reaccionar. Lo bueno de esta historia es que llegamos a la conclusión que nuestro ¿nuestro? ¡Si, nuestro! Nuestro fantasma (pues solo nos paso a nosotras) tiene confianza ya con nosotras y le gusta viajar en el ascensor acompañándonos. La verdad es que salvo el susto inicial ninguna nos quedamos con mal sabor de boca, solo con ganas de volver a subir otra vez a por más mesas y ver si de nuevo interactúa con nosotras.

Ciertamente me encantaría saber que secretos guarda tal edificio, tan emblemático, centro neurálgico de la vida social de una ciudad y con tanta carga política, desde hace ya 2 siglos.

Acupuntora, MTC, hipnosis, Dietética y Nutrición.

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